jueves, 5 de julio de 2007

¡Acción!

(") Cogió un cuchillo de plata y se puso a trazar una espiral sobre la blancura pulida de la tarta. De repente, se detuvo y miró su obra con sorpresa.
-Voy a probar una cosa -dijo.
Tomó una hoja de acebo del ramo de la mesa y, con una mano, asió la tarta. Haciéndola girar rápidamente sobre la punta del dedo, colocó, con la otra mano, una de las puntas del acebo en la espiral.
-¡Escucha!
Era la canción Chloé. (")
(Fragmento de La Espuma de los días, de Boris Vian)


De pequeños aprendemos a comer, a andar, a observar, a escuchar, a reír, a hablar, a leer, a pensar... Además, nos enseñan cómo debemos comer, cómo caminar, qué podemos mirar y qué no, a quién escuchar, por qué reír, con quién no hablar, cómo leer y qué pensar. El entorno en el que crecemos y nos realizamos, una cultura, nos enriquece, nos acomoda y nos protege. Pero también, a la larga, nos empobrece, nos agota y nos coarta.

Porque tenemos inteligencia para algo más que para dominar al resto de las especies, o ser dominados; porque llega el momento de tener ideas propias, porque el verdadero camino se encuentra en uno mismo: seamos creativos, irracionales, irreverentes, transgresores, absurdos... Abramos la jaula de la imaginación; para fijarnos en los detalles que nadie observa, dándole una vuelta, o dos, a nuestra percepción del mundo, con nuevas ópticas y diferentes perspectivas, remarcando trazos difusos, variando las partituras de siempre, o creándolas nuevas; sin cerrar las puertas a nada, equilibristas sin red.

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